Ver series, películas o escuchar música en línea se ha convertido en una actividad cotidiana. Pero pocos se detienen a pensar en el costo ambiental de ese entretenimiento aparentemente inofensivo. Lo que para el usuario es solo “dar play”, en realidad activa una cadena de consumo energético que tiene impacto en el planeta.
Cada vez que reproducimos contenido en plataformas de streaming, se movilizan datos a través de centros de procesamiento que requieren grandes cantidades de electricidad para operar y refrigerarse. Según estudios del International Energy Agency, el tráfico global de datos representa cerca del 1% del consumo eléctrico mundial, y gran parte de él proviene del video en línea.
El problema no está solo en la cantidad de veces que vemos una serie o escuchamos una canción. Está en la infraestructura que lo hace posible: servidores, redes de distribución, dispositivos personales y pantallas de alta resolución. Todo esto suma emisiones de carbono, especialmente si la energía utilizada proviene de fuentes fósiles.
Además, la reproducción automática y el binge-watching prolongado amplifican la huella ecológica. Un solo episodio visto en calidad 4K puede generar hasta 3 gramos de CO₂ por minuto. Si esto se multiplica por millones de usuarios, el resultado es una carga ambiental considerable, aunque invisible.
Reducir el impacto no significa dejar de consumir, sino hacerlo de forma más consciente. Ajustar la resolución del video, descargar episodios en lugar de verlos por streaming, optar por plataformas que usen energías renovables y apagar los dispositivos en desuso son pequeños gestos que pueden marcar una diferencia.
En tiempos donde la sostenibilidad digital cobra relevancia, es urgente reconocer que incluso el entretenimiento tiene una huella. Ver series también contamina, pero podemos decidir cómo y cuánto.