Reducir emisiones ya no es suficiente. El debate climático actual incluye otra pregunta urgente: ¿cómo eliminamos el CO₂ que ya está en la atmósfera? Ahí entra la captura de carbono a gran escala, una tecnología que está dejando de ser experimental para convertirse en infraestructura real.
¿Qué es la captura de carbono?
La captura y almacenamiento de carbono (CCS) consiste en atrapar el dióxido de carbono generado por industrias o directamente del aire, para después almacenarlo bajo tierra o reutilizarlo en procesos productivos.
La diferencia hoy es la escala. Ya no hablamos de laboratorios, sino de plantas industriales operativas.
Instalaciones que marcan un antes y un después
En países como Islandia y Estados Unidos ya funcionan proyectos emblemáticos como Climeworks, que desarrolla sistemas de captura directa de aire, y Occidental Petroleum, que impulsa megaproyectos de captura industrial.
Estas instalaciones pueden retirar miles —e incluso millones— de toneladas de CO₂ al año, estableciendo nuevos estándares en infraestructura climática.
¿Cómo funcionan a gran escala?
Existen dos modelos principales:
- Captura en fuente industrial: Se instala tecnología en fábricas o plantas energéticas para atrapar el CO₂ antes de que llegue a la atmósfera.
- Captura directa del aire (DAC): Filtra el CO₂ ya presente en el ambiente mediante procesos químicos.
Después, el carbono se almacena en formaciones geológicas profundas o se reutiliza en materiales y combustibles sintéticos.
¿Solución real o parche tecnológico?
La captura de carbono no sustituye la transición energética ni reduce la necesidad de energías limpias. Su papel es complementario: compensar emisiones difíciles de eliminar, como las de la industria pesada.
El reto sigue siendo el costo, el consumo energético y garantizar que el almacenamiento sea seguro a largo plazo.
Un cambio en la narrativa climática
Lo que antes parecía ciencia ficción ahora forma parte de estrategias nacionales y corporativas. La captura de carbono a gran escala no es la solución total, pero sí una pieza clave en la carrera contra el calentamiento global.
La pregunta ya no es si esta tecnología puede existir. Es si puede escalar lo suficientemente rápido para marcar la diferencia.