En teoría, nunca hemos estado tan conectados. Cada día compartimos fotos, enviamos reacciones, respondemos mensajes y nos sumergimos en historias ajenas. Sin embargo, algo falla: cada vez más jóvenes confiesan sentirse solos, agotados y emocionalmente desconectados a pesar de vivir gran parte de su día en redes sociales. La paradoja está servida: hiperconexión digital vs. desconexión emocional.
Las plataformas que prometían acercarnos han comenzado a generar lo opuesto. En lugar de reforzar vínculos, muchas veces intensifican la ansiedad, la comparación constante y el miedo a quedar fuera. El fenómeno tiene nombre: fatiga digital emocional. Es esa sensación de estar disponible para todos menos para uno mismo, de responder sin ganas, de consumir sin involucrarse y de mostrar sin sentir.
En la Generación Z, esto se amplifica. Una generación criada con smartphones en la mano, que aprendió a validar emociones a través de likes, pero que ahora cuestiona si tanto “estar presente” en línea no está dejando un vacío real. Según estudios recientes, el uso excesivo de redes está ligado a niveles más altos de ansiedad, baja autoestima y dificultades para establecer conexiones auténticas fuera del entorno digital.
Además, la dinámica de performance constante —donde cada post, story o tweet se convierte en una micro-exhibición— añade presión a una vida ya saturada. No es solo lo que se comparte, sino cómo se comparte, cuánto engagement genera y qué tan rápido desaparece del feed colectivo. Esto ha llevado a que muchos jóvenes se sientan emocionalmente drenados, pero incapaces de desconectarse por completo por miedo a la desconexión social.
La solución no es desaparecer de internet, pero sí repensar cómo nos relacionamos con él. Aprender a poner límites, consumir contenido con conciencia y priorizar la conexión real sobre la interacción automatizada puede marcar una gran diferencia. El autocuidado digital ya no es un lujo: es una necesidad emocional.