Hace apenas un par de años, usar inteligencia artificial era casi un símbolo de innovación. Hoy la conversación empieza a cambiar. Entre estudiantes, creativos y profesionistas jóvenes aparece un sentimiento curioso: la culpa por depender demasiado de herramientas como ChatGPT para escribir, investigar, resumir o incluso tomar decisiones.
En redes sociales ya existe un término para describirlo: AI shame. No significa rechazar la inteligencia artificial, sino preguntarse cuánto de lo que produces sigue siendo realmente tuyo. ¿La idea fue tuya o del chatbot? ¿Aprendiste algo o simplemente obtuviste la respuesta más rápido?
La preocupación no está solo en la productividad, sino en el criterio. Resolver tareas en segundos puede ser muy útil, pero también reduce el espacio para equivocarse, investigar o desarrollar una opinión propia. Y ahí surge la incomodidad: hacer más no siempre significa pensar más.
Lo interesante es que la Generación Z, una de las que más utiliza estas herramientas, también empieza a establecer límites. Cada vez son más quienes reservan la IA para organizar ideas o automatizar tareas repetitivas, pero prefieren escribir, crear o estudiar ciertos temas por su cuenta para no perder habilidades.
La inteligencia artificial no está desapareciendo; al contrario, seguirá formando parte de la vida cotidiana. La verdadera tendencia consiste en aprender a usarla sin dejar que piense por nosotros. Porque quizá el nuevo lujo digital ya no sea automatizarlo todo… sino seguir confiando en el propio criterio.